El mundo vive a un ritmo infernal, eso no hay quién lo dude. Y todo debe ajustarse a ese ritmo. El periodismo no es la excepción. Alguna vez leí que el periodista era un artesano, que debía cuidar muy bien sus palabras y que cada una llevaba un orden intencionado; para eso, el periodista necesitaba concentrarse.
El ritmo engullidor de esta era posmoderna hace que se busque reducir el tiempo de la práctica, sí, pero también los costos, la educación y casi todo y que, paradójicamente, se incremente la producción. Con la irrupción de los multimedia, el internete y la tecnología, el papel del periodista ha pasado o apunta a ser el de un todólogo no sólo de los temas, sino de las tecnologías.
Antes era pluma y bloc, luego grabadora, luego celular, posteriormente cámara, blackberry, cámara de video y micrófono, todo en uno, o en dos. Pero el periodista, generalmente solo. La autonomía del periodista ya no pasa por el escribir sino por el hacer.A priori esto es un elemento positivo, el periodista hace otras tareas, es productor y editor de sí mismo; pero lo que suponía una ventaja también es su desventaja que le sobrevuela como la espada de Dámocles.
Esta diversidad en las actividades es como "el que mucho abarca poco aprieta" y esta no especialización, más allá del supuesto bagaje que produce, si es llevado al extremo, puede ser la sentencia de muerte del profesionista. Una baja calidad en el trabajo entregado, una superficial tarea en todos los aspectos no hacen un buen trabajo. Preferiría tener un experto en cada área, que sí, que el periodista tenga noción, sepa utilizar los aparatos para salvar de abismos de vez en cuando, pero usarlo como sistema es un error que, al final quién lo paga es el lector, escucha, espectador.
Omar Quintana Nagano
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